Lea esta entrada con precaución. En caso de duda, consulte con su librero

El otro día un artículo decía que la nueva novela de Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color había disparado las ventas en Japón de las composiciones para piano de Franz Liszt. No me extraña… Mientras leía De qué hablo cuando hablo de correr, «corrí» para hacerme con el álbum Reptile, de Eric Clapton, recomendado por Murakami como «ideal para escucharlo cuando uno corre suavemente por la mañana…» (Lamentablemente, ni Eric Clapton consiguió mejorar mis tiempos…).

Esto me hizo pensar en cómo interactuamos con los libros, muchas veces sin ser conscientes de ello. Me avergüenza un poco admitirlo pero, leyendo un libro tan profundo como La ridícula idea de no volver a verte (que también me hizo reír), pasé una tarde entera mirando el largo de mis dedos y, de reojo, el de todas las féminas que encontraba en mi camino. (Dicho sea de paso, al contrario que la mayoría de las mujeres, yo también tengo el dedo anular más largo que el índice y, así como Rosa Montero se alegraba de tener algo en común con Marie Curie, ¡yo me alegro de tener algo en común con Rosa Montero!). Otra de las tardes, la pasé cual paparazzi, intentando conseguir una foto sonriente de Curie en internet… No lo logré.

Arturo Pérez-Reverte consiguió estimular mi curiosidad por los viejos tangos, y Ginebra para dos me animó a emprender un nostálgico viaje por los anuncios de la tele de mi niñez, cuando un lema era recordado durante años y el hombre de tónica Schweppes casi formaba parte de tu familia.

Tras leer Intemperie, he recorrido el camino inverso, pues el campo me ha llevado a La carretera de Cormac McCarthy.

Por no hablar de los excesos culinarios a los que me empujó Un viaje de diez metros (que intenté paliar con el susodicho álbum de Eric Clapton). ¡Menos mal que la truculenta biografía de la condesa de Báthory no me hizo cometer ninguna barbaridad!

Todavía no me he animado a leer ningún título de los eróticos que tan de moda están… ¿cuáles serían los efectos secundarios…?

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Y estas anécdotas son las que abarca mi memoria que, lamentablemente, ya no es lo que era y sólo se ciñe a lo inmediato, pero supongo que habrá miles más… Lo cierto es que los libros que leemos, activan en nosotros más resortes de los que imaginamos… ¡Afortunadamente!