Que el tiempo nos encuentre, Teresa Viejo

Emprendí la lectura de esta novela con escepticismo, aunque con el firme propósito de obviarlo o, cuando menos, no dejar que este me estorbara demasiado. También tenía cierto grado de curiosidad (aquí sería pertinente dejar en el aire la cuestión de si, en ocasiones, es preferible ser un autor desconocido  a tener una trayectoria profesional que pueda condicionar al lector), así que los tres -escepticismo, curiosidad y yo- comenzamos esta aventura hispano-mexicana. Y debo reconocer que el saldo final es bastante positivo.

Aurora, la joven niñera de la familia Vigil de Quiñones, huye junto a esta de la guerra civil española y de una trágica historia familiar. Desembarca en Veracruz dejando atrás la promesa de un romance con un aspirante a cineasta al que reencontrará cinco años después, cuando un barco de exiliados atraque en el mismo puerto. En ella prenderá a la vez el amor y la pasión por el celuloide, iniciandose la metamorfosis de Aurora en la prometedora estrella Vera Velier.

La propia historia de Aurora es un guiño a esos guiones de cine, esos “dramones” de los que nos habla la novela, tan folletinescos y dados a los excesos. Estamos ante una trama que se crece y mejora a medida que avanza, aderezada con el ambiente de la creciente industria cinematográfica de México en los años 40, al más puro estilo Hollywodiense, y el intrigante secreto de la mejor amiga de Aurora, una alemana poseedora de una “cadena” de prostibulos con un sello muy personal.

Quizás el personaje principal, a diferencia del resto del “elenco” -como la proxeneta teutona o el cineasta inadaptado-  e incluso de los “cameos” que pueblan la narración, esté menos definido; como si le faltaran matices, queda un poco diluido o decolorado. Me resulta un perfil un tanto mojigato en contraste con el tono de la novela.

La ambientación es estupenda: en oposición a la España triste y gris de posguerra, encontramos una la explosión de color y olores en las calles de Veracruz. Y casi podemos oír el frufrú de los glamourosos trajes de las grandes estrellas en los bailes de México D.F., o sentir el carácter abierto y festivo de los mexicanos. Y muy evocador el mundillo cinematográfico (magnífico trabajo de documentación, por cierto).

Que el tiempo nos encuentre es, además, un soplo de aire fresco para las novelas de posguerra española. Una visión distinta y colorida para una temática muy atrayante pero que, tal vez, esté un poco manida.

 

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