El juego de Ripper, Isabel Allende

La portada elegida para esta última novela de Allende ha resultado profética, porque se me ha quedado el ánimo de luto con su aventura policíaca.

Una oleada de asesinatos sacude San Francisco, tal como vaticinó una conocida astróloga. Amanda, la adolescente hija del inspector jefe de policía, decide investigar los crímenes con sus compañeros del juego de rol “Ripper” (un variopinto grupo de muchachos y su propio abuelo), sin sospechar que un día sería su propia familia la que se vería afectada.

La autora nos ofrece una vasta galería de personajes, como Indiana, una bruja buena y madre de Amanda; Ryan Miller, un ex navy seal con gran sentido patriótico; el bon vivant que sale con Indiana; el rudo inspector jefe Martín; y un largo etcétera con mayor o menor grado de desarrollo.

Y es aquí donde, a mi juicio, comienza el problema. Demasiado detalle íntimo que distrae de la trama policíaca, o demasiadas piezas detectivescas que enturbian el desarrollo de los personajes. Es decir: ni llega a satisfacer como thriller, ni llega a ser una novela “allende”. (En mi caso, me decepciona más lo segundo, ya que no soy una asidua del género policiaco).

El personaje de Amanda resulta irritante; el de Indiana, superficial, lo que dificulta en gran medida la credibilidad de la trama. Tal vez sean solo cosas mías, así que no quiero continuar para no minar el entusiasmo de quien no haya leído el libro.

Yo lo he leído prácticamente todo de Allende. Reconozco que La casa de los espíritus ha sido una de mis novelas de cabecera. Soy una seguidora fiel que, incluso, miró para otro lado con El cuaderno de Maya, pero esta vez no puedo seguir haciéndome la loca. No sé si yo he madurado como lectora o Isabel Allende ha tocado techo en su afán por renovarse, o un poco de ambas cosas, pero sus últimos trabajos no han satisfecho mis expectativas, y bien que lo lamento.

Supongo que no es labor fácil sacudirse la etiqueta del realismo mágico, que al parecer ahora no está bien vista, pero creo que debe buscar otros caminos que nos recuerden el brillo de trabajos anteriores. Y perdón por la osadía.