La última voluntad de famosos escritores

¿Cuáles serían los últimos deseos de los grandes escritores? ¿Serían tan mundanos como los del resto de los mortales, o tendrían un toque de genialidad como alguna de sus obras? Pues de todo hay… desde la excentricidad, pasando por el humor o la modestia.

A continuación, un repaso a las últimas voluntades que me han parecido más curiosas.

Extrañas últimas voluntades de grandes escritores

Virgilio

Antes de morir, considerando que su obra magna, además de inacabada, no era apta para la lectura, pidió al emperador romano Augusto que la destruyera. Afortunadamente, Augusto se opuso a su última voluntad, y su amigo y poeta Lucio Vario Rufo revisó y publicó, junto con Plotio Tuca, su famosa Eneida.

Petrarca

El poeta italiano, que falleció en 1374, teniendo en cuenta la dureza del invierno italiano, dejó 200 florines de oro a Boccacio, para que pudiera comprarse una túnica con la que protegerse del frío.

Shakespeare

Además de otra serie de disposiciones, el dramaturgo legó en su testamento a su esposa Anne su “segunda mejor cama”. Esta anécdota suscitó numerosas interpretaciones, pero lo más probable, dado que en la época isabelina la costumbre era destinar el mejor lecho de la casa a los invitados, es que se tratara de la cama de matrimonio, lo que descartaría la indiferencia en favor de un acto de amor.

Testamento de Shakespeare

Marqués de Sade

El escritor francés Donatien-Alphonse-Francois, conocido por su título de marqués de Sade, prohibió que se le efectuara una autopsia. En un principio se respetó su voluntad, pero un tiempo después un grupo de psiquiatras reclamó su craneo para efectuar algunos estudios. También era su deseo que desaparecieran todas las huellas de su tumba:

Prohíbo absolutamente que mi cuerpo sea abierto bajo ningún pretexto. […] quiero que se entierre sin ninguna especie de ceremonia en el primer soto que se encuentra a la derecha del susodicho bosque, entrando por el lado del antiguo castillo, por la gran avenida que lo divide. La fosa practicada en este bosque será cavada por el granjero de la Malmaison, bajo la inspección de Monsieur Le Normand, que no abandonará mi cuerpo hasta después de haberlo colocado en la susodicha fosa; si quiere, podrá hacerse acompañar en esta ceremonia por aquellos de mis parientes o amigos que, sin ninguna especie de aparato, hayan querido darme esta última muestra de afecto. Una vez recubierta la fosa, será sembrada de bellotas a fin de que el terreno y el soto vuelvan a encontrarse tupidos como eran antes y las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra, como espero que se borre mi memoria de la mente de los hombres, excepto un pequeño número de los que han querido amarme hasta el último momento y de los cuales me llevo a la tumba un recuerdo muy dulce.

Heinrich Heine

El poeta alemán, fallecido en 1856, dejó toda su fortuna a su esposa, con la única condición de que ella volviera a casarse. El motivo para esta curiosa disposición: tener la seguridad de que “por lo menos un hombre va a lamentar mi muerte”.

Charles Dickens

Dickens afirmó categóricamente que no deseaba ninguna publicidad o monumento sobre su muerte en el testamento que realizó un año antes de su fallecimiento:

Yo enfáticamente indico que se me entierre de una manera barata, sin ostentación, y en estricta privacidad, que no se haga anuncio público de la hora o el lugar de la sepultura […]. Ordeno que mi nombre sea inscrito en letras inglesas simples en mi tumba sin la adición de ”señor” o “el señor don”. Pido a mis amigos que eviten que yo sea el protagonista de cualquier tipo de monumento, memorial o placa conmemorativa en ningún lugar.

Hasta ahora, la voluntad de Dickens se había cumplido. Sin embargo, en 2012, para celebrar su bicentenario, el príncipe Carlos y su esposa se unieron al arzobispo de Canterbury Rowan Williams, numerosos actores, así como dignatarios y descendientes de Dickens en un servicio memorial en la abadía de Westminster.

Del mismo modo, los ciudadanos de su ciudad natal, Portsmouth, erigieron un estatua de bronce del inmortal escritor.

¿Se estará revolviendo Dickens en su tumba?

Gustave Flaubert

El escritor francés legó el escritorio en el que escribió sus novelas a su confidente de toda la vida, la actriz Edma Roger des Genettes, con la que mantuvo una extensa correspondencia sobre temas literarios y políticos.

Robert Louis Stevenson

El novelista británico pidió que lo enterraran en la parte superior del monte Vaea, en Samoa, “bajo el inmenso y estrellado cielo” que había descrito en su Requiem (de Underwood, 1887), escrito mucho tiempo antes de morir, y que fue grabado en su lápida de bronce:

REQUIEM

(traducido por Javier Marías)

Bajo el inmenso y estrellado cielo,

cavad mi fosa y dejadme yacer.

Alegre he vivido y alegre muero,

pero al caer quiero haceros un ruego.

Que pongáis sobre mi tumba este verso:

Aquí yace donde quiso yacer;

de vuelta del mar está el marinero,

de vuelta del monte está el cazador.

Placa de bronce de la tumba de Louis Stevenson

Lewis Carroll

Charles Lutwidge Dodgson, por todos conocido como Lewis Carroll, dejó ordenado en su testamento que tras su muerte fueran destruidas las fotografías de niñas desnudas que realizó. Y así debió de ser, ya que de ellas no se ha encontrado ningún rastro; las que se conservan son de niñas vestidas, aunque con actitudes provocativas.

Thomas Hardy

Dejó una fortuna de 91.707 libras a una entidad financiera, el Lloyd Bank Limited y nada recibió la que fue su secretaria y se convirtió en su segunda esposa, Florence Dugdale.

Franz Kafka

Kafka era un hombre sumamente modesto, tanto es así que su testamento -que en realidad era una nota encontrada en su escritorio y dirigida a su amigo Max Brod– solicitaba lo siguiente:

Querido Max:

Mi última petición. Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera (dentro de cajas de libros, en los armarios roperos, en mi mesa de trabajo, en casa o en la oficina, o en cualquier otro lugar del que tengas noticia o que se te ocurra), es decir, diarios, manuscritos, cartas, -mías y de los demás- todo lo dibujado, etcétera, incluso todo lo escrito o dibujado que tu poseas, u otros a quienes deberás pedírselo en mi nombre, debe ser quemado de forma inmediata, sin ser leído. Aquellos que posean cartas que no deseen entregarte deben por lo menos obligarse a quemarlas ellos mismos.

…De todo lo que he escrito solo valen los libros: La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, Un médico rural, la narración Un artista del hambre. El par de narraciones de contemplación puede quedar; no quiero que nadie tenga que tomarse la molestia de hacerlos trizas, pero en ningún caso deben ser editados de nuevo. Cuando digo que estos cinco libros y la narración valen, no quiero decir con ello que desee que sean editados de nuevo y transmitidos a la posteridad, al contrario: que desaparezcan por completo es lo que responde a mi deseo.

 …Todo lo demás, sin excepción, en el mejor de los casos sin que llegue a ser leído, todo esto debe ser quemado, y te pido que lo hagas a la mayor brevedad.

 

Brod no cumplió con las demandas de Kafka, en caso contrario no se hubieran publicado El proceso, El desaparecido y El castillo.

George Orwell

El autor de 1984, tres días antes de su muerte, pidió que su tumba se grabara con su verdadero nombre, Eric Arthur Blair.

Además fue su deseo que no se escribiera ninguna biografía sobre su persona. Otra última voluntad no respetada.

Lápida de la tumba de George Orwell, con su verdadero nombre

George Bernard Shaw

El dramaturgo británico pidió que en sus funerales se evitara a de cualquier forma la presencia de cruces “o cualquier otro instrumento de tortura o símbolo de sacrificio de sangre”. Además, quiso que se esparcieran sus cenizas en Ayot Saint Lawrence, donde residía cuando falleció: “Personalmente, prefiero el jardín al claustro”.

Aparte de lo que legó a sus familiares, Shaw destinó parte de su fortuna a instituciones académicas, con el fin de que se desarrollara un nuevo alfabeto fonético, ya que consideraba que el idioma inglés tenía muchas incoherencias. El proyecto fracasó porque la cantidad asignada resultó insuficiente. Sin embargo, siete años después de su muerte, los derechos generados por el musical My fair lady, basado en Pigmalión, permitieron a los estudiosos desarrollar el llamado “alfabeto shawiano”.

Gabriela Mistral

La poeta chilena ganadora del Premio Nobel de Literatura, legó la medalla de oro y el pergamino que le entregaron por dicha distinción al pueblo de Chile, bajo la custodia de la Orden de San Francisco. Con respecto al dinero que produjeran sus obras en materia de derechos de autora, “deberán ser pagados a la referida Orden de San Francisco, la que retendrá el 10% de esos dineros para sus necesidades y obras de caridad, y el resto los distribuirá entre los niños pobres del pueblo de Monte Grande, sin tomar en cuenta el credo religioso o cualquier otra filiación de cualquier niño o niños”.

Jorge Luis Borges

El escritor argentino envió una carta a la Agencia Efe semanas antes de morir, en la que reconocía “la determinación de ser un hombre invisible” en Ginebra, una ciudad en la que se sentía “misteriosamente feliz“. Así mismo, solicitaba a los medios que respetasen su silencio:

Carta enviada por Borges a la Agencia Efe

Thomas Bernhard

Tras la muerte de Berhnard se hizo pública su última voluntad: prohibió cualquier nueva puesta en escena de sus obras y la publicación de su obra inédita en Austria -siempre fue un antinacionalista, y detestó especialmente el nacionalismo austriaco-, mientras no pasara al dominio público (es decir, hasta la expiración de los derechos de autor), y dejó bien claro que nada quería con el Estado, “por toda la eternidad”.

Camilo José Cela

El Nobel de Literatura legó sus propiedades y bienes a su viuda, Marina Castaño. Pese a que reconocía los “derechos legitimarios” de su único hijo, Camilo José Cela Conde, consideraba a su descendiente “completamente pagado” con un cuadro de inmenso valor, y que ya obraba en su posesión desde el divorcio de sus padres: el famoso “Miró rasgado”:

El famoso

Hunter S. Thompson

La última voluntad del periodista gonzo fue que sus cenizas fueran dispersadas en el aire mediante un cañonazo en su rancho de en su rancho de Woody Creek, Colorado, mientras sonaba su himno, el Mr. Tambourine Man de Bob Dylan.  Su amigo y admirador Johnny Deep pagó de su propio bolsillo los 2,5 millones de dolares que costó la “ceremonia”, incluyendo la construcción del cañón de 50 metros de altura terminado en un puño con dos pulgares agarrando un botón de peyote (el logo de su campaña a sheriff en 1970; el símbolo de lo gonzo). Siguiendo los deseos del autor, se celebró una gran fiesta a la que acudieron más de 250 invitados.

Imagen del cañón que se construyó para esparcer las cenizas de Hunter S. Thompson

Esta entrada es una colaboración de Érase una vez para Culturamas.